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κοντά στην περιοχή Villanueva del Arzobispo, Andalucía (España)

Camino Sanjuanista: Jornada II

Son las ocho y hace algo de fresco cuando bajamos a desayunar, tomamos las consabidas tostadas con aceite, por estos lares un manjar excelso. Pronto comenzamos nuestra andadura, no hay mucho tráfico y es un pedalear cómodo. A nuestra izquierda se dejan ver algún viaducto del del que iba a ser el ferrocarril de Cadiz a Saint-Giron, en su tramo de Linares-Baeza a Albacete, que hoy para nuestro disfrute se esta acondicionando como vía verde. En un momento dado abandonamos la N-322 y Beas de Segura aparece al otro lado de la fértil vega del Guadalimar con sus casar apiñadas en pendiente al rededor de la iglesia. Entramos en el pueblo siguiendo el río hasta dar con el convento carmelita que fundó Santa Teresa el 24 de febrero de 1575, el primero de Andalucía. En el invierno de 2015 estuve por la zona siguiendo las Huellas de Santa Teresa y esto es lo que escribí de mi visita al convento: “…en el convento un torno, y tras el torno una voz. Voz de mujer que suena calma y melodiosa. Gira el torno y aparece una llave, nos sirve para visitar el relicario. Volvemos al torno, gira de nuevo y aparece otra llave, más grande, pulida por el uso, la introducimos en la cerradura de una enorme puerta de vieja madera que cede tras un chasquido metálico. Como el relicario, el templo está a oscuras, solo se aprecia una pequeña luz roja junto a la pared; es un monedero, depositamos un euro en él y la luz se hace. Volvemos al torno, dejamos la llave y damos las gracias…”. Antes intenté tomar un dulce en una pastelería, quizá la única del pueblo, recordaba haber comido aquí una especie de torta de hojaldre con cabello de ángel en su interior que estaba riquísima, pero Antonio se opuso con rotundidad:


-Yo aquí en la calle no dejo la bici y además estorba en esta acera tan estrecha.


Yo miro a uno y otro lado, la calle desierta, ni peatones ni vehículos se ven de una punta a otra a esta hora de la mañana, me encojo de hombros y reemprendemos el camino. Salir de Beas no es tarea fácil, al menos por donde nosotros lo hicimos, una áspera pendiente que forma una enorme ese al final del pueblo nos obligo a dar lo mejor de nosotros mismos. Ganada la altura, salimos a la carretera entre casas humildes, el espectáculo del valle se extiende a nuestros pies, el Guadalquivir invisible tras unas primeras alturas de Cazorla, detrás, la sierra de Segura corta el horizonte amenazante. La carreterilla asciende suave por un pequeño valle que refresca el riachuelo de Beas, la abundante vegetación de ribera, en esta época con exuberante colorido, es sustituida hacia las alturas por el pino que lucha por no ser engullido por el olivar. Se suceden pequeñas aldeas que dan vida al paisaje con sus casas encaladas, deslumbrantes ante el fondo grisáceo de los olivos. Hasta Cañada Catena, la carreterilla (A-314) iba tomando altura con mesura, porcentajes sobre el 3 por ciento era lo habitual, pero ahora se empina con decisión, aparecen las carrascas y el pinar se hace más intenso, serán algo más de dos kilómetros antes de poder superar el collado y detenernos a contemplar lo que nos espera. Imponente la Sierra de Segura; a sus pies, Hornos parece un nido de águilas colgado sobre el valle, iluminado en un extraño contraluz por el sol del medio día, un poco más cerca, en el valle, Cortijos Nuevos. Esa noche escribía en Facebook: “Me molestan estas subidas, duras pero que nadie cataloga de puertos y que nada les tienen que envidiar. Así te pegas una paliza, más con las alforjas, pero no puedes vacilarle a los amigos de que has subido tal o cual puerto, y eso aunque no lo parezca jode”. Cortijos Nuevos, supongo que el nombre vendrá de otros cortijos que quizá el Tranco sepultó, es un buen sitio para parar. En una terraza unas madres toman el aperitivo con sus hijos de corta edad, les puede la curiosidad y quieren saber a donde vamos, se sorprenden al decirles que a Santiago de la Espada, fruncen los labios y con un gesto de la mano arriba y abajo nos hacen saber de la forma más expresiva lo que nos espera, pero aún se extrañan más cuando les decimos de donde venimos. Tomo una cerveza y me ponen un plato de oreja en salsa ¡me encanta, han acertado!

Subimos un poco y el Tranco se deja ver algo mermado por la sequía, bajamos y comienza la “graciosa” subida a Hornos, rampones del 12 por ciento que con las alforjas nos hacen reír. Ya en el pueblo propongo a Antonío tomar otra cerveza, pero no le seduce, hace poco más de media hora que hemos tomado una y decidimos continuar, craso error que pagaremos más tarde. Comenzamos poco después una larga ascensión a la Sierra de Segura con porcentajes que bailaban alrededor del 11 por ciento. Pasan los kilómetros pero tenemos la sensación de no avanzar lo suficiente, una tras otra se suceden curvas y rampas, machaconas e inmutables, las alegrías nos las dan algunos miradores que nos permiten por unos momentos descansar contemplando el excelso paisaje que se abre ante nosotros, podemos contemplar Cazorla casi al completo con sus grandes picos difuminados por la distancia, las desafiantes alturas de la sierra de las Villas copan altivas el horizonte por el oeste solo separada de nosotros por el embalse.

Poco a poco vamos perdiendo fuelle, las cuestas parecen más duras que nunca y las alforjas; como pesan las alforjas. Creo que lo que escribí esa noche refleja las sensaciones del último tramo de subidas: “…las piernas más duras, hirviendo, pero tu cada vez más despacio, notas que aquello no va, paras comes algo, pero nada, sigues sin andar. Recurres a la “técnica” y te tomas un “chupetín” de esos que llevan productos imposibles de leer y sabor asqueroso, pensando que así lograras andar de nuevo y sorprendido ves que tampoco vas. Esperas, quizá dentro de poco haga efecto, pero nada y al final no te queda más remedio que ponerle algo tan antiguo como la propia vida; “guevos” hasta reventar, que al final es lo que nos ha pasado…”. Por fin coronamos, nos abrigamos, pero en la bajada hacia pontones notamos como se enfría el sudor con rapidez, algún escalofrío se deja sentir a lo largo de la espina dorsal, no sé si de frío o agotamiento. Llegamos a pontones y estamos exhaustos, buscamos un bar donde paliar de alguna manera ese cansancio que nos bloquea, no solo a nosotros, también la batería de Antonio esta en las últimas, tenemos que tomar una decisión, no hay tiempo de recargar, la noche se nos echara encima y al verdad hay que reconocerlo no estamos en condiciones de seguir. Nos ponemos una magnífica excusa: la batería, para justificar el quedarnos a pasar la noche en Pontones que para eso hay un hotel. Yo, hombre cumplido, decido llamar al hotel de Santiago para comunicarle al dueño que no llegaríamos y anular la reserva, el sabía que viajábamos en bicicleta. Preocupado pensó que habríamos tenido un percance, cuando le mentí piadosamente diciéndole que era la batería y que estábamos en el bar de Pontones, su respuesta fue: -No te muevas de ahí voy a por ti.

Ya no hubo más opciones. El tramo hasta Santiago de la Espada y el hostal San Francisco lo hicimos cómodamente en furgoneta. Esa noche comimos y bebimos en exceso, pero eso no es lo que más importa de esta historia.

Mariano Vicente, noviembre de 2017

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